12 abr 2011

Malditas reglas.

- De acuerdo, juguemos. Hay que intentar ser más feliz que el otro.
- ¿Quien sea más feliz gana?- Pregunta extrañado.
- No. Quien más haya necesitado fastidiar al otro para que no consiga ser feliz pierde.
- Entonces... ¿Quién gana?
- El que no tenga que esforzarse por ser el más feliz- responde con una sonrisa.
- ¡Ah! Ya lo entiendo.
- Pues venga, empezamos. Una, dos y tres- y echa a correr entusiasmada.
- ¡Espera! ¿Y LAS REGLAS?- grita él a lo lejos.
- ¡SOLO HAY UNA: NO NOS PODEMOS ENAMORAR!
Se queda pasmado y dice para sí:
- Mierda... Pues he perdido.
- ¿CÓMO DICES?
¿Cómo ha sabido que ha dicho algo? Pero si estaba lejísimos. ¿Por qué vuelve corriendo? No pretenderá que se lo diga a ella ¿verdad?
Se pone en frente de él, jadeante tras la carrera que se ha echado ella sola.
- Nada, nada.
- Repítelo- insiste.
- Que ya he perdido, he violado la única norma.
- Te doy otra oportunidad- dice haciéndose la loca.
- Pero es que aun así nunca podría ganar.
- ¿Por qué?
- Porque solo voy a poder ser feliz cuando estemos juntos de verdad... Eso implica enamorarse, esa era la única regla, y es la única que no puedo cumplir.
- ¿Y ha tenido que surgir un juego con una regla así para que me digas esto? 
- ¿Eh? Es que...
- ¿Empate?- Propone ella.
- Vale- dice mientras le ofrece la mano para sellar el acuerdo.
- Para que sea empate, los dos tenemos que ser lo más felices posible. Así que nada de manos.
Y justo cuando él va a preguntar a que se refiere, ella le estampa un beso en la cara.
Sí, definitivamente, los dos han ganado ese juego.