20 may 2011

Todo iba bien hasta que dejó de ir bien.

Ya había terminado la tarea que el profesor había dicho. Ahora se dedicaba a leer un libro por segunda vez. Tampoco le entusiasmaba, pero era la única forma de desconectar de todo lo que pasaba a su alrededor mientras estaba despierta. Entonces el profesor se acercó a su mesa y le preguntó en un tono informal:
- ¿Qué tal? ¿Está más concentrada?
El comentario solía ser: La veo desconcentrada últimamente, seguramente estará pensando en algún chico. Pero esta vez había optado por un: ¿Qué tal? ¿Está más concentrada? Quizá era porque la veía un poco triste. O no, la verdad es que aquel profesor, como casi todos los demás, iban a su bola, no les importaban mucho los alumnos. Ella sabía que tenía que repetir lo de siempre, ya que aquello era una especie de broma que tenía el profesor con todos los compañeros de su clase: ir hacia su mesa y preguntarles por su vida, metiéndose un poco con ellos, pero siempre acababa sonriendo y yéndose hacia otra mesa sin darle mayor importancia. Así que siguiendo aquel cliché, bajó un poco la cabeza haciendo como si el profesor la intimidara (cosa que no hacía), sonrío y dijo:
- Bien profe, estoy más concentrada.
Él soltó un par de bromas, como si lo que ella había dicho fuera una ironía y luego le preguntó por primera vez:
- ¿Es feliz?
- Sí, profe, sí- respondió automáticamente
- Me alegro- y se fue.
Solo había sido una pequeña conversación más, un par de preguntas y respuestas triviales, sin ningún trasfondo, ni ningún tipo de interés oculto. Sin embargo, ella sonrió irónica y cansadamente para sí, y pensó: No profe, creo que no soy feliz. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que no tengo ni puñetera idea de por qué.