16 ene 2012

El secreto que esconden los pliegues de mi cerebro.

Anoche la almohada notó algo rondando mi cabeza. ¿Qué me pasó? De pronto todo me pareció poco, ridícula y patéticamente poco. La vida dejó de tener sentido entre las 23.30 y 00.12. Intenté dormirme, relajar la cara, la cual, aun con los ojos cerrados, dejó patente lo asqueada que me sentí durante cuarenta y dos minutos. Me ahogué en sucesos sin sentido, pensé demasiado, y lo peor es que me di cuenta. Maldita sea. Fue eso: me di cuenta de que lo que estaba haciendo no era emparanoiarme, sino pensar, ¿demasiado? Eso no viene al caso. Mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para salir de aquel mar tan desesperante y angustioso, un pensamiento me arrastraba de nuevo al fondo una y otra vez: "Si lo que haces es pensar, ¿no será esto un momento de lucidez? ¿por qué te empeñas en darle importancia a la vida?" Fuera. Eso me repetía. No, se lo repetía al pensamiento, no parecía mío, me asustaba. ¿Desde cuando les temo a mis pensamientos? A lo mejor desde que son importantes... Puede que deba mostrarle mis respetos a este.
Sin embargo, lo descarto, se acaba aquí, no volverá, o al menos no con tal fuerza. Pero si lo que deseo es no volver a pensar en ciertas ideas por el simple hecho de que me asustan, ¿no estoy acaso eligiendo olvidar la única cosa que me hace ser racional? Qué decepción. Aunque sé lo que hago, no tengo el valor, ni las ganas de seguir con esto. Quiero ser feliz, pero después de esos cuarenta y dos minutos de tortura, mi felicidad ha sido humillada. Increíble: Elijo no pensar.