27 mar 2012

Verdes, espirales y harina mojada.

Llevo unos meses sintiéndome diferente, dándole vueltas a todo, notando un vacío, cuestionándome mi existencia. "¿Quién soy?" no es una pregunta que me preocupe. Me conozco, convivo conmigo misma las veinticuatro horas del día y, aunque a veces me sorprendo y me cojo por sorpresa, suelo entenderme y predecirme. La cuestión es más compleja, no sé ni formular la pregunta. Pero si la consiguiera plasmar en palabras, sería algo como "¿Y esto es todo?". Tengo una falta de propósitos, necesito metas, retos con los que mantener mi mente ocupada. Fines, esa es la palabra, soy una persona que funciona mejor con fines, y los medios necesarios son los que harán que me divierta, que sea feliz. Todo esto es tan raro... y yo que cuando oía la frase: "la adolescencia es la etapa más dura" pensaba que era un absurdo. ¿Qué absurdo, ni que leches? Tiene toda la razón, y es en esos momentos a solas en tu cuarto escuchando música sin nada que hacer y sin salir con tu gente, en los que te das cuenta de que estás confundido, de que no es todo tan fácil, de que no se trata de vivir la vida, de que quieres respuestas que ni tus padres ni la wikipedia pueden darte. ¿La solución? Que cada uno busque la suya. La mía son los fines, así que allá voy, fines, menos comerme el tarro y privarme más de esa intimidad que me hace llegar a pensar que nada será nunca suficiente.