¿Recuerdas? Aquella noche en la litera, tú arriba, yo abajo, y en el techo cientos de estrellas. Te habían regalado unas pegatinas con forma de ovejas que brillaban en la oscuridad. Acostada, sin las gafas, te vi de pie en tu cama, tan solo una silueta negra, y oí el ruido que hacen los plásticos cuando son manoseados. No recuerdo la conversación, pero creo que te repetí tres o cuatro veces que te estuvieras quieta, que te durmieras, que no era el momento. Tú ni caso, como siempre, la pequeña no decide. Te pusiste de puntillas y empezaste a pegar las ovejas en los espacios que dejaban las estrellas entre ellas. Empecé a animarme, te señalaba los huecos y tú colocabas las pegatinas. No te diste cuenta, tampoco yo, pero éramos pequeñas todavía, no llegabas bien al techo, y no te fijabas en qué dirección las ponías. Cuando acabaste las miramos. Todas estaban encima de tu cama, salvo dos, que estaban en la mía. Te costó un montón colocar aquellas dos, recuerdo verte inclinada, pensar que te caerías a mi cama en cualquier momento. Pero tú decías que tenían que estar por todos lados, que las teníamos que ver las dos.
Pasó el tiempo, regalamos la litera, cambiaste de cuarto. Siguen ahí. Mismas estrellas, mismas ovejas, misma colocación. Una línea. Hiciste una línea de ovejas que miraban a diferentes lados. Todas y cada una de las noches que he dormido en ese cuarto, la he visto, la línea de pegatinas que colocaste. Y siempre están esas dos ovejas sin alinear, esas dos ovejas que mi hermana puso para mí, para que yo las viera.
No es porque te hayas ido, ni porque estos días me acuerde más de ti que nunca. Realmente recuerdo aquella noche, siempre ha sido importante para mí.
Un beso, hermana mayor.