1 dic 2012

Let it be.

-¡Una canción!- gritaba una anciana en la calle- Dejen que les cante una canción.
Era bastante extraña, pelo rubio, gafas de sol rosas... ¿Una vieja sin canas? La única evidencia de su edad eran las manos, con pecas, arrugadas, dedos hinchados. Me acerqué solo por curiosidad, y mucha curiosidad tiene que entrarme para que escuche las locuras que dice la gente de la calle.
-Señora, perdone, ¿por qué pide permiso para cantar?
No sé si sus ojos, detrás de esos cristales negros, me miran, pero por la mueca de su boca parece estar evaluándome.
- Jovencita, sé perfectamente que puedo cantar cuando me venga en gana, pero yo no pido eso, yo quiero que alguien se pare a escucharme.
Paso el peso de mi cuerpo de una pierna a la otra, esto es bastante raro, me pongo un poco nerviosa. Está loca, es lógico pensar. Pero algo en ella me dice que es la más cuerda de todos los transeúntes que caminan por el Paseo de Gracia. Es una versión de John Lennon en señora mayor, esas gafas...
- Está bien, cánteme.
Sonríe, y en contra de todo pronóstico, lo hace con todos los dientes en su sitio. Empieza y me sorprendo, porque me sé esa canción de memoria, la tengo inscrita entre los pliegues de mi cerebro, es preciosa, es perfecta, es mi canción preferida. La canta bajito, no creo que nadie la oiga. Puede que una vieja cantando en voz baja en plena calle parezca inquietante, pero lo hace de tal forma que se me estremece el corazón. Acabo susurrando las últimas frases. Ella vuelve a sonreír al ver mis labios moverse. 
- Gracias- me dice.
- Gracias a usted- contesto.
Le dejo cincuenta euros en la mano, aunque ella no me los pida.
Me marcho, no he caminado ni diez pasos cuando se me ocurre girar la vista, y ya no está... Tan solo una niña pequeña, con una piruleta, pelo rubio, gafas de sol rosas.