Una vez, mientras llovía, yo me quejaba del mal tiempo. Alguien me dijo que la lluvia era muy romántica. Pensándolo mejor, sí, la lluvia es romántica, la lluvia une personas, la lluvia cambia estados de ánimo, la lluvia amortigua el sonido de tus gritos. He bailado, cantado y gritado por la calle muchísimas veces. Pero cuando llueve, todo cambia. Cuando bailo salpico, creo gotas partiendo de un charco y eso hace que cada uno de mis movimientos sean más admirables.
Cuando canto tengo que pararme a respirar porque el agua me empapa la cara y se mete en mi boca.
Cuando grito tengo que llenar mis pulmones el doble, me siento más libre, como si todo el ruido de las gotas al chocar contra el suelo se apartara para dejar paso a mi grito.
Con la lluvia todo es distinto. Me gusta ver que la gente va abrigada, mirando al suelo para no resbalarse y sujetando a duras penas un paraguas que no les servirá de mucha ayuda. Ver a dos novios comiendose a besos, refugiados en un portal, o a dos amigas corriendo sin abrigo alguno, riendose de todo, o a un niño aferrado a la mano de sus padres sintiendose tan protegido por ellos como para comerse el mundo de un bocado.
La lluvia es algo mágico que cae del cielo. Son pequeñas gotitas de agua, que juntas cambian un día entero.
Así que rectifico. La lluvia no es deprimente, no es algo de lo que quejarse.
Cuando llueve, todo cambia.