Lo entiendo, entiendo tus lágrimas por la noche, tu incertidumbre, tus ganas de crecer, tus malas contestaciones, tu responsabilidad. Entiendo lo que te cuesta reír, que te sientas culpable sin saber por qué, que te apartes del mundo, que quieras conocerte. Entiendo lo que ves cuando miras a tu familia, tus partituras tiradas, tu frustración, tus patéticos intentos por parecer mayor, tus suspiros resignados.
Lo entiendo. Te entiendo, pequeña. Eres una persona que brilla, que brilla de verdad, una persona que vale la pena. Me acuerdo cuando tenias tres añitos, que me mirabas con esos grandes ojos verdes y esa sonrisa que te ocupaba toda la cara y esperabas a que me inventara algo para jugar. Me acuerdo de que hacías todo lo que yo hacía, que decías todo lo que yo decía, que pensabas todo lo que yo pensaba, que cantabas todo lo que yo cantaba, que te gustaba todo lo que a mi me gustaba. Me acuerdo de cuando no admitías que siempre me copiabas, de cuando creciste un poco más y te reías porque era evidente que lo hacías. Ahora, ahora intentas no hacer lo que yo hago... y te echo de menos. Echo de menos a aquella cara de pilla, a aquel fisco clavado a Piolín. Siempre quise que hicieras lo que tú quisieras, que no me admiraras tanto. Pero ahora me encantaría que volvieras a hacerlo, porque sé que sigues adorándome, pero ahora lo haces en silencio, con los cascos puestos, con muecas practicadas y con miradas que esconden muchísimas cosas para aquellos que saben leerlas. Te conozco de verdad, te entiendo porque yo pasé por lo mismo mientras tú te manchabas la boca de chocolate. Te quiero, pequeña, me tuviste cuando sonreías sin razón, y me tendrás mientras te cuesta sonreír.