Siguen repitiendo lo que el obispo dice, como fantasmas hipnotizados por una luz, una falsa luz. Yo no sé cuando hay que levantarse, ni tan siquiera sé santiguarme. Me limito a vocalizar un "amén" cuando la señora de mi lado comienza a pronunciarlo.
Se oye ajetreo fuera, los señores empiezan a despotricar en la casa de Dios.
-Qué falta de respeto- gruñen.
Las vidrieras de caras torturadas se rompen, iluminando esta lúgubre iglesia.
Pronto empieza el verdadero caos. Las botellas que atravesaron las ventanas explotan, la madera del confesionario arde, los ladrillos antiguos de las paredes se oscurecen.
Los más jóvenes intentan salir pero las puertas están trancadas por fuera. Las señoras se despojan de sus joyas cuando estas empiezan a quemarles el cuello y los lóbulos de las orejas.
Yo estoy paralizada al lado de una columna. Lo peor no es el fuego ni los gritos, sino la gente arrodillada mirando hacia el altar vacío , llorando, rezando con estranguladas voces, pidiendo clemencia. Nadie corre, nadie intenta romper las puertas, nadie busca otra solución más que rezar.
Me suda la frente, parezco caldo de comedor de asilo. ¿Qué hago? ¿Cómo salgo de aquí si nadie me ayuda? Las llamas reducen el espacio cada vez más. Comienzan a morir de calor los más débiles. No soy de las que se rinden. No quiero morir, no creo en el cielo.
Veo al obispo entre las llamas, al otro lado de la iglesia. Luz blanca. Huye por una puerta trasera. Intento levantarme, seguirlo, pero mis piernas fallan. Caigo contra el duro suelo y, ahora sí, junto las manos y susurro un "amén".