Tenía dos años y medio, como mucho tres, pero lo recuerdo. Hay cosas que marcan tu vida y, aunque intentes olvidarlas, se quedan formando parte de ti para siempre.
Estábamos en casa de mi tía, en un noveno piso. Tarde tranquila y familiar. Mi hermana y yo correteábamos por el pasillo mientras mi padre y mi tío reían todas las gracias que una niña de dos meses puede hacer. Mi abuela estaba sentada en el sofá dormida, mi tía fregando los platos. Hip. Hip y lo supe. Sé que un hip puede significar muchas cosas, pero yo lo entendí al momento. Sonido de platos rotos, mi tía gritando, mi madre y ella al lado de mi abuela, mi tío llamando a una ambulancia, mi padre llevándonos a mi hermana y a mí a una habitación con mi prima. Hip y se fue. Así de simple. Recuerdo los trajes naranja fluorescente de los enfermeros, a mi padre diciendo que no miráramos por la rendija de la puerta, los llantos desgarrados de mi madre y mi tía. Va al cielo, pensé, esos señores tienen una escalera enorme y van a subir a mi abuela y a colocarla al lado de las estrellas.
Hip y nos dejaste. Hay hips que nunca se olvidan.