Tu respiración se vuelve entrecortada y sé que vuelves de tu inconsciencia. Por el sonido que hacen tus pulmones cuando se llenan de oxígeno sé que eres una chica, tu perfume de vainilla no hizo más que confirmarlo. Te despiertas, ahora del todo, mientras humedeces tu boca sonoramente. No quiero asustarte desde esta gran sombra en la que nos hallamos atrapados, así que espero pacientemente a que, tocándolo todo, te des cuenta de dónde estás. ¡Crash! Deja de sonar ese maldito tic tac. Así que ahí estaba el condenado reloj... Cuento mentalmente cinco segundos, los que tardarás en empezar a gritar y golpear desesperadamente las resquebrajadas paredes. Dos, uno... Y te dejo hacer, callado, acurrucado en la esquina del barrote oxidado. Tardas siete minutos en romper a llorar. Oigo tu espalda deslizarse por la pared demasiado rápido. Es el momento, alzo la mano derecha hacia la mesa y busco a tientas la ruedita del quinqué. Preparo mi cara para no asustarte, no sonrío, no me pongo serio, no hago pucheros, me relajo.
-Hola.
Toda precaución es poca, retumba un grito ahogado. No tardaran en venir.
-Prepárate, no será agradable.