2 mar 2013

En mí.

Estoy enferma. Mi corazón, a pesar de ser joven, late débilmente. Los médicos me tranquilizaron recordándome que estaba al principio de la lista de transplantes. En otras palabras, si alguien muere mi corazón será el suyo. Pero ¿qué pasa cuando el que muere es un niño de trece años que se fió del verde del semáforo, sin comprobar que los coches lo respetaban? ¿Qué pasa si ese paso de peatones es el último que hay que cruzar para entrar en el hospital Isabel de España? ¿Qué pasa si ese niño es mi hermano pequeño?
No sé cómo me convencieron, estaba rota en pequeños cachitos. Supongo que es fácil manejar a un destrozo. Me doy cuenta de lo que va a pasar cuando ya estoy dentro del quirófano, y lloro una vez más por saber que mi hermano no me abrazará cuando despierte.
Abro los ojos y no tardo ni una milésima de segundo en darme cuenta de que algo es distinto. Pupum. Pupum. ¿Matías? Siento su corazón latir, oigo su voz, su esencia con cada golpe. Noto la sangre, su sangre, moverse por mis venas, quiero arrancármelas. "Matías déjame intimidad" le decía cuando venía a mi cuarto a curiosear. Me río sola, esto es absurdo. Pupum. Pupum. Matías, lo siento... siento que no vayas a poder besar a esa chica a la que le escribiste aquella carta de amor. Siento que vayas a tener que llenarme siempre. Pupum. Pupum. Puedo oírlo sin taparme los oídos. Mis manos están calientes y me las llevo a la boca. Las beso. Te beso, Matías. Pupum. Pupum. Cuidaré cada uno de nuestros latidos.