3 may 2013

Y no me besó.


 ¿Qué haces, boba? ¿Qué haces en este piso tan ajeno a ti? No quiero sexo. No quiero sexo. No quiero sexo. Nos sentamos en el sofá, y sin tomar la última pone su mano en mi muslo, demasiado cerca de mi ropa interior. Desabrocha los botones de mi camisa medio transparente. Que pare. Que pare. Él me quitaba los botones las noches de lujuria, recreándose en cada uno, solo él me los ha quitado hasta ahora. Las manos de Rober son blanditas, delicadas, con largos y delgados dedos, y mi cuerpo se contrae ante la ausencia de esa textura aspera que antaño acabó excitándome. Abre mi camisa de par en par. Me mira con descaro. Quiero taparme. La imagen debe haberlo estimulado bastante, pues deja las delicadezas con las que trató mis botones, para desnudarme por completo antes de que pueda parpadear. Ah, él también está desnudo. Es guapo, sí, pero no me excita. Lame mi cuello durante apenas tres segundos, impaciente por devorar lo de más abajo. Haz algo, tú querías esto, ahora haz algo, reacciona, no puedes dejar que lo haga todo él. Cierro los ojos, apago la imagen de su torso desnudo y me concentro en el acto en sí, intentando poner en un segundo plano con quién lo estoy haciendo.
¿Qué has hecho? Estúpida, estúpida, estúpida. Necesito llorar, que se vaya... necesito llorar por la gilipollez tan grande que acabo de hacer. Pero mira que eres imbécil, cómo pude pensar que sustituiría cuatro años en una noche. Ya se va, me hago la dormida para no pasar por el incómodo intercambio de números que he visto en las películas. Cierra la puerta. ¿Cómo pude pensar que podría sustituir sus caricias después de hacerlo, sus besos en la frente y sus palabras de amor por un escueto adiós sin beso, y un portazo sin “hasta otra”?