¿Qué haces, boba? ¿Qué haces en este piso tan ajeno a ti?
No quiero sexo. No quiero sexo. No quiero sexo. Nos sentamos en el sofá, y sin
tomar la última pone su mano en mi muslo, demasiado cerca de mi ropa interior.
Desabrocha los botones de mi camisa medio transparente. Que pare. Que pare. Él
me quitaba los botones las noches de lujuria, recreándose en cada uno, solo él
me los ha quitado hasta ahora. Las manos de Rober son blanditas, delicadas, con
largos y delgados dedos, y mi cuerpo se contrae ante la ausencia de esa textura
aspera que antaño acabó excitándome. Abre mi camisa de par en par. Me mira con
descaro. Quiero taparme. La imagen debe haberlo estimulado bastante, pues deja
las delicadezas con las que trató mis botones, para desnudarme por completo
antes de que pueda parpadear. Ah, él también está desnudo. Es guapo, sí, pero
no me excita. Lame mi cuello durante apenas tres segundos, impaciente por
devorar lo de más abajo. Haz algo, tú querías esto, ahora haz algo, reacciona,
no puedes dejar que lo haga todo él. Cierro los ojos, apago la imagen de su
torso desnudo y me concentro en el acto en sí, intentando poner en un segundo
plano con quién lo estoy haciendo.
¿Qué has hecho? Estúpida, estúpida, estúpida. Necesito
llorar, que se vaya... necesito llorar por la gilipollez tan grande que acabo
de hacer. Pero mira que eres imbécil, cómo pude pensar que sustituiría cuatro
años en una noche. Ya se va, me hago la dormida para no pasar por el incómodo intercambio
de números que he visto en las películas. Cierra la puerta. ¿Cómo pude pensar
que podría sustituir sus caricias después de hacerlo, sus besos en la frente y
sus palabras de amor por un escueto adiós sin beso, y un portazo sin “hasta
otra”?